Envolturas perecederas.

tap

Érase una vez un hombre que en vez de piel , tenía el cuerpo cubierto de papel tapiz.

Sí, como aquel que habita en las paredes de salas y estancias.

De pies a cabeza, de cabeza a pies, trazos de elegantes tonalidades se hacían visibles ante su presencia.

El hombre de papel tapiz no tenía que preocuparse mucho por sus prendas, pero sí de mantenerse alejado de las chimeneas.

Él trabajaba cómodamente en su despacho como contador, era reconocido por todos gracias a su afán de perfección y su “alzado” porte.

No tenía esposa o hijos, pues no gustaba de compartir su metódica rutina, que conformaba su empleo, su colección de antigüedades y un par de noches a la semana en el bar de costumbre, para beber ginebra hasta quedar satisfecho.

Así existía.

Pero un día todo se salió de control…

El auto que lo llevaba al despacho no encendió por la mañana, así que tuvo que correr avenidas enteras para encontrar un taxi que lo dejara en su destino. Si algo odiaba con severidad, era la impuntualidad.

Para cuando llegó, los altos mandos de la empresa le reprocharon su irresponsable acción. Tal vez no hubiera trascendido tan pequeño hecho en cualquier otro empleado, pero él se empapó de una ola de frustración.

Al volver de la jornada laboral que lo había “apaleado”, decidió que, al menos por un rato, tan sólo quería contemplar las vasijas viejas que colocaba en su estudio, y analizar minuciosamente el material con el que estaban hechas.

Mientras las tomaba entre sus manos, un fuerte timbrazo en la puerta, de la autoría de un par de niños traviesos, provocó que su favorita se le resbalara de los dedos, fragmentándola en pedazos…

¡Nefasto día para vivir!

Fue entonces que optó por refugiarse de sus males en el bar, aunque llegara más temprano que de costumbre, pero notó al pararse frente a la entrada de éste, que había sido clausurado inesperadamente por actividades ilícitas.

Sin poder beber ginebra, el hombre de papel tapiz se sintió furioso porque todo le había salido terriblemente mal. Se enojaba con frecuencia, pero nunca como hoy.

Tras un acto de ansiedad, rasgó sin consciencia uno de sus hombros, que dejó ver un tono neutro, plasmado debajo de su adornada cubierta.

Continuó arrugando, cortando y arrancando parte de su ser hasta que al detenerse notó que todo rastro de sus gariboleados había desaparecido. En vez de ello, un nuevo lienzo con color y textura similar a la del durazno había brotado. Era piel.

Por vez primera, él estaba realmente desnudo y miró su cuerpo ante tal transformación, con una euforia espontánea.

Ya no tenía recubrimiento artificial, ni elaborada apariencia, ni estrictas ataduras o alguna otra distinción. Su desnudez pudo hablar con su verdadera voz, que había callado desde hace tanto.

Sus desafortunadas experiencias no eran casualidad, eran un grito desesperado por hacerlo reflexionar.

Ahora podía, con toda honestidad, volverse loco en el mejor de los sentidos, era vulnerable como nunca nadie se había sentido tan pleno de serlo.

 Decidió incendiarse el alma.

Ninguna envoltura es eterna.


Alejandra Cárcamo

Imagen: Jen Joaquin

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