Memorias de un gabinete.

Te contemplo, frente a mi, sentada en el gabinete.

La manera en la que cae tu cabello sobre tus hombros, sútil y liviano, como si estuviera preparado para ser inmortalizado en una fotografía.

Tus manos que se encuentran con las mías, para hacerlas parte de ti y de tu carne.

El labial rojo que te caracteriza, y que tanto me quitó el sueño cuando te vi por primera vez, mientras caminabas por esa avenida rumbo a tu trabajo.

Todo en ti es una melodía que nunca me cansaré de escuchar, de esas que se bailan todo el día, y que te llenan el corazón.

Pero tus ojos, ah, esos sí son de otro mundo, son magia blanca.

Son la luz que nunca se escapa, que siempre irradia la dicha de tu alma.

Eres todo lo que me importa y me ha hecho un hombre, me impulsaste a tomar de frente y de tajo cada uno de mis miedos.

Mi cielo, la del espíritu juguetón, la que siempre acompaña las comidas con una malteada de fresa con mucha crema batida y  que no puede evitar balancear los pies por debajo de la mesa, tal como lo haría una niña a la que están a punto de darle un gran regalo.

Los años han pasado por cada espacio de tu piel, sin olvidar ningún lugar de ésta, sin perdonar ningún gesto, sin evadir el transcurso del reloj.

Pero, hoy y siempre, tu belleza te acompaña, es el don de a quien nunca le falta amor para dar.

Te contemplo, y tú hablas acerca de tu día en casa, de las vecinas, de los pagos de la luz y alguna otra historia más…

No es que no te esté poniendo atención suficiente, pero es que hoy mi cabeza me recordó tantos momentos, y no pudo contenerse las ganas de recordarme lo afortunado que soy, al haberte escogido a ti, junto con tus mañas adquiridas, y tu manera de llorar con cada película de amor.

La vida nos fue poniendo retos, a veces desgarradores, pero estabas ahí, para todo mal y para todo bien.

Curabas mi fiebre, me preparaste siempre el almuerzo que en el trabajo todos envidiaban en secreto, me diste a mis hijos y los hiciste personas capaces, me abrazaste en las pérdidas y me encontraste cuando perdí el rumbo.

Me hiciste encontrar el significado de mi existir, y así comprobar que no importa que mi físico no sea el mismo, que mis músculos ya no estén en forma, porque la verdad es que siempre tendré fuerzas para amarte, con locura.

Cada paso, cada palabra, cada error, cada momento donde fuiste mía, cada aventura, cada trazo del destino….

Cada vez que respiro, te llevo en el aire.

Quizá no te imagines todo lo que he pensado en estos momentos mientras comías, pero sabrás que, mientras tenga vida, te dedicaré a ti mi mundo.


Levantaste la mirada, y un mechón blanco se coló en tu frente.

-¿Quieres postre?- preguntaste.

-Quiero seguir envejeciendo contigo.- contesté.


Alejandra Cárcamo

Imagen: Pinterest

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2 comentarios

  1. maricela Lopez

    Es una belleza. Escribes precioso. Me imaginé todos los párrafos.

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    1. ¡Muchas gracias por tus comentarios! Te mando un gran abrazo, realmente esa pareja me tocó el alma. Saludos

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