Martes de Colaboración en Mercadito presenta: Donde la oscuridad y el placer se mezclan

*Esta pieza que has de disfrutar es una colaboración de “Cielo”, para Mercadito Corazón*


No puedo, ni quiero, ni tengo ánimos de encontrar porqués para lo que simplemente es. Las personas que conocen mi desventurada historia han intentado extrapolar razones, causas lógicas que obedezcan a la razón, sin embargo eso no existe para mí, no en esa ocasión, no se puede analizar con el cerebro lo que siente el corazón, simple y llanamente pasó: me enamoré de un error, como una loca, inexorablemente y en desahucio total.


No sé aún cómo describir las sensaciones que me producía. Su voz, su mirada, su tacto. Las palabras no me alcanzan, ningún calificativo parece suficiente. Desde el primer momento en que le vi, algo profundamente dentro de mí cambió para siempre, nadie me había provocado jamás lo que él me hacía sentir.


Después de mirarnos casualmente por los pasillos, él en corbata, yo de uniforme; tras incontables suspiros arrebatados con su sola presencia; tras todos esos simples saludos informales frutos de la coincidencia y la fortuna, nuestros encuentros comenzaron a ser más recurrentes. Él cantaba, yo también. Él de 32, yo de 16. Él era mi maestro, yo suspiraba por él. Tan entusiasta como solo él podía ser, convocó a los pseudoartistas de la preparatoria (algunos con talento, otros poco menos que aficionados) y comenzó un club de teatro. Él personalmente me pidió asistir: “Tu voz es incomparable linda, actúas maravillosamente… vas a venir ¿verdad?”. Por supuesto que, después de aquel piropo y la sublime vista de su deslumbrante sonrisa, mi cabeza no quiso escuchar nada más. No me hice del rogar, a él nunca lo dejé esperar.


Así comenzaron sus lecciones, con el montón de alumnas que, al igual que yo, hacía soñar despiertas, fantasear en clase y mojar sus bragas de cuando en cuando. Nunca esperé traspasar esa barrera, conforme estaba con lo que mi volátil imaginación reproducía como película en mi cabeza aumentando así el deseo, las ansias, una y otra y otra vez. Poco a poco su trato hacia mí se tornó diferente, ahora me saludaba todos los días, primero de lejos, luego de beso en la mejilla; al principio solo un roce, después un sutil desliz de sus labios por mi rostro hasta la comisura de la boca; antes no me abrazaba, ahora me estrechaba contra su cuerpo encerrándome en el calor de sus brazos y aprisionándome en su pecho.


Cantábamos juntos, bailábamos juntos, actuábamos juntos… me sonreía, sentía su mirada sobre mi cuerpo, los otros veían el espectáculo del que él y yo éramos protagonistas. Todos nuestros momentos juntos se disfrazaban tras la fachada de una simple relación profesor-alumna, pero las cosas cambiaban día a día. Una mañana, cuando lo topé de frente justo antes de mi primera clase del día, él me miró de una manera que no puedo describir, como sólo se le mira a un amante o prospecto de; me sonrió, tan sinceramente como sólo se le sonríe a quien realmente arrebata suspiros y provoca alegrías en el corazón; me saludó con un abrazo, como sólo se le abraza a quien no se le quiere dejar ir; yo me limité a suspirar, cerrar los ojos y abandonarme al deseo pues ese día lo supe: me había enamorado de Julián. ¿Qué iba a hacer? ¿Evitarlo todo el tiempo? ¿Cambiarme de escuela? No, no iba a hacer absolutamente nada porque cuando el amor llega uno sólo puede dejarlo ser, admitir que se ha caído inexorablemente, enamorarse en secreto, en silencio y sin esperanza alguna…


Eso, a menos que se haga lo que yo me atreví a hacer… Pronto empezamos a vernos fuera del horario escolar. La primera vez fuimos a tomar un café, él me había prometido una asesoría para alguna materia que yo pretendía no comprender, terminamos charlando sobre literatura, música y cosas sin sentido. A partir de ese día mi teléfono empezó a sonar registrando llamadas con su nombre, nos enviábamos mensajes de texto, platicábamos durante horas, nuestras salidas eran cada vez más recurrentes y de carácter personal. Más rápido de lo que pude haber imaginado él se convirtió en mi necesidad, lo primero en que pensaba al amanecer y el último pensamiento que cruzaba mi mente antes de sumergirse en un profundo sueño.


Comencé a desarrollar otro tipo de atracción hacia él, no quería simplemente salir y platicar de cualquier cosa, lo deseaba, estaba perdidamente enamorada de aquel hombre y necesitaba de su tacto, el exquisito roce de su piel contra la mía, su aroma impregnado en mi ropa, su calidez inundando todos mis sentidos. Fantaseaba con él, con su cercanía, la realidad siempre se veía rebasada por mi imaginación pues aquel hombre jamás me había tocado, jamás me había besado, jamás había podido sentir su aliento combinándose con el mío.


Después de mil y un encuentros sensuales frutos de mi deseo y otorgados por la imaginación, decidí que no esperaría más. Una tarde, al finalizar la lección artística, aguardé a que todos mis compañeros salieran del aula y, decidida, me acerqué a él mientras guardaba y recogía todas sus cosas. Mis manos sudaban, sentía el pulso en los oídos y la respiración entrecortada. No sé de qué color sería mi semblante que, al verme, pareció preocupado: “¿Te sientes bien, bonita?”. Escuchar sus palabras, su voz llamándome “bonita”, el atisbo de congoja asomando sus ojos… ¡Ese hombre era perfecto! Tomó mi rostro entre sus manos mientras me miraba, yo sentía el pecho explotar. Decidí tomar la iniciativa y me acerqué a su boca, nos encontrábamos más cerca que nunca. En perfecta sincronía acortamos la distancia que nos separaba y nuestros labios se unieron superficialmente, con timidez, con miedo, con incertidumbre ante lo desconocido. Nuestras miradas se cruzaron confundidas mientras los labios hacían lo suyo. A punto estaba de separarse de mí cuando rodee su cuello con mis brazos, profundizamos el beso mutuamente y me perdí en la sensación. Acaricié sus sedosos cabellos con las manos y poco a poco sentí las suyas bajar por mi cuerpo hasta la cintura, me acercó más a él y sentí una calidez extraña, aquella señal infalible de apetito lascivo en un hombre, ahora empujaba contra mi vientre. Me deseaba. ¡Este objeto de desvelo mío me deseaba! Me guió unos pasos atrás y, con fuerza, me posó sobre el escritorio del salón. Las sensaciones abrumadoras se apoderaban de mí, mi garganta emitía ligeros gemidos que salían a borbotones por mi boca cual gritos ahogados y daba unos pequeños tirones a su cabello con los dedos. Nunca había sentido algo como aquello, mi cuerpo temblaba entero, sentía sus manos recorrer mi torso y pasar a mis piernas, no pude evitar estremecerme cuando sentí el tacto de su piel contra mis muslos. Había algo de excitante en aquella escena: un salón de clases, la escuela casi vacía, un uniforme y un par de manos expertas recorriendo mi falda. Mi espalda se arqueó al sentir la oleada de emociones que sobrevinieron con aquel sutil roce, las yemas de sus dedos recorriéndome tan suavemente como una bailarina que ejecuta a la perfección. Humedad, goce, destellos. Sus labios perfectos no se detenían, era tan sincronizado, tan preciso como un reloj suizo. Sentí un cosquilleo entre las piernas que ascendía inminentemente hacía mi cuello por la espina dorsal. Mis manos acariciaban su cabeza y, cediendo un poco a la tentación, bajaron hasta el nudo de su corbata y lo desaparecieron con maestría; en un movimiento, aquel pedazo de tela había caído al piso mientras los primeros botones de su camisa salían de sus ojales. El viril vello de su pecho lo dotaba de un aspecto más allá de deseable. Los músculos de mi abdomen se tensaron. Lo amaba. Iba a hacer lo que fuera, estaba dispuesta a cualquier cosa. Era él. “La luz de mis tinieblas, la esencia de mis flores, mi lira de poeta”. Una de sus manos sujetaba fuertemente mi cabello, manteniéndome irremediablemente contra su rostro.


No alcanzó a ir más allá. Se escuchó de pronto el cercano abrir de una puerta. El color de mi rostro desapareció, la tonalidad de mis mejillas, hacía un momento rojo carmesí, pasó a un blanco espectral. Sus ojos, esos preciosos ojos color miel se abrieron como platos. Se había terminado muy poco después de comenzar. A su espalda se hallaba de pie nuestro verdugo, el poseedor de la voz acusadora que me arrebataría al amor de mi vida, aquel que en un segundo terminaría con la ilusión más grande que hasta entonces habría atisbado mi corazón. Él no lo aceptaría, no permitiría el tortuoso, pecaminoso, prohibido amor entre aquel hombre de 32 y su pequeñita de 16…



Marchante: Cielo

Imagen: Pinterest

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