Talentos inútiles

Jerónimo, me llaman.

Soy el menor de cinco hermanos tan varoniles como mi papá y su bigote rechoncho. Todos tienen talento para el fútbol y las artes marciales. Todos menos yo.


Recuerdo ese día en la escuela: las audiciones del show de primavera. La verdad sólo audicioné al ver que Martita, la de los lentes sucios pero bonitos, lo hizo también.

Cada niño subía al escenario y el jurado de maestros lo decidía todo con un gesto: estabas o no en el espectáculo. Después de varios bailarines, cantantes de ópera, malabaristas, oradores y hasta un mimo, por fin era mi turno.

Casi me tropiezo al subir a la tarima porque nunca se me hizo bien el arco del pie derecho y como que piso chueco.

-¿Cuál es tu talento, Jerónimo? – Preguntó la profesora de orientación vocacional.

Quise sorprender evadiendo la pregunta y pasando a la acción. Volteé hacia la pared y la miré meticulosamente. -Veo un caballo…no, es un pegaso. Una bruja capturando una lechuza y un canguro que no ha dejado la bolsa de su madre aún.-

Todos me miraron perplejos. ¿Acaso mi talento los había cautivado? La boca de la profesora se abrió para proclamar unas palabras que nunca olvidé:

VER FIGURITAS EN PAREDES DE TIROL NO ES UN TALENTO.

Desde ese momento fui el hazmerreír de las personas. Muchas veces estuve a punto de abandonar mi don hasta que llegó ese día, quince años después…


8:45 am. Corría como loco en una mañana de lunes. Iba tarde a mi trabajo de mierda otra vez. Lo odiaba. Lo único que me entretenía ahí eran las figuras del baño; una bailarina exótica y una versión abstracta del presidente.

Corrí tan rápido que no noté que alguien se atravesó en el camino.

¡PLAM!

Un maletín, un café a medias y una chica bonita salieron volando al mismo tiempo.

-Lo siento mucho, en verdad no me fijé. ¿Estás bien? Te ayudo- La levanté y la miré encantado. Tenía cabellos negros que le bailaban alrededor de la cara, una boca de apariencia tersa y una nariz achatada que causaba ternura.  Volteé a su mirada. Encontré algo que no esperaba.

Ella era ciega.

-Creo que me torcí el tobillo- confesó. -No te preocupes demasiado, siempre me pasan cosas así.-

-Te llevo al doctor- dije sin dudar. Ambos, chuecos, caminamos.

Ya en la sala de espera hablamos del clima y de cualquier banalidad a la que recurres cuando no sabes qué decir; fue entonces que me armé de valor y le conté de los personajes que estaba observando en la pared que teníamos enfrente. Al escucharme sonrío, me prestó su mano y los trazamos juntos.

Mi “talento inútil” no sólo me ayudó a cautivar a la dama de cabellos danzantes que poco a poco me hizo encontrar la confianza que había soltado, sino que también me motivó a ser lo que soy ahora:

Jerónimo; el diseñador de interiores que cuenta cuentos que cualquiera puede leer.


Alejandra Cárcamo  @ale_clz

Imagen: Pinterest

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